Posteado por: basketaldia1 | noviembre 22, 2008

Basket, Vida y Redención.

En la División I del basket universitario, en la Western Athletic Conference, empieza a despuntar un hombre cuyo nombre esconde un atroz pasado.
Su apellido, Jones, el cuarto más común en los Estados Unidos, nada nos dice sobre su existencia, nadie podría suponer que el baloncesto, que ahora representa su inmediato presente, fue el medio a través del cual permaneció con vida aquel que le dio la suya propia.
Pero para comprender la energía que alienta esa vida, y la importancia que el basket tiene en ella, se hace necesario que nos remontemos al pasado.
El Sábado 18 de noviembre de 1978 pasará a la historia como un día negro, aquel en que un furor suicida, inexplicable y siniestro, se apoderó de las mentes de cerca de 1.000 personas que integraban la secta del Templo del Pueblo en Jonestown, en plena costa Noreste de Sudamérica, en una finca de 140 hectáreas enclavada en lo más profundo de la jungla de Guyana.
913 cadáveres dejó esa multitudinaria danza macabra, impulsada por el fanatismo, y alimentada por el aislamiento y la morbosa dependencia en el culto a la trastornada personalidad de un falso profeta.
El Reverendo Jim Jones, un carismático bienhechor de tendencias socialistas, calificado como cruce entre Cristo y Lenin, había congregado en torno a su persona a una familia de más 1.000 personas, que habían abandonado todo lo que les ligaba a sus antiguas vidas para seguirle, en primer lugar hasta California, y más tarde a Guyana, lugar que consideraba al resguardo de un potencial ataque nuclear.
En esta fanática Arcadia, sus fieles, una amalgama de razas, cultivaban hortalizas y frutas, criaban pollos y cerdos, fabricaban su propio calzado, educaban a sus niños y atendían a los enfermos y ancianos.
Pero ese idílico mundo feliz, vino a resquebrajarse cuando un senador americano decidió visitar el Templo del Pueblo, con un objetivo: investigar supuestos malos tratos que recibían algunos miembros de la secta.
La respuesta del Reverendo, sintiéndose acorralado, no tarda en llegar: el senador Leo Ryan, tres periodistas y un desertor de la secta fueron asesinados a tiros por “ángeles vengadores” enviados por Jones, en una emboscada tendida en la pista de aterrizaje de Puerto Kaituma.
Acto contínuo, Jones ordena un masivo “suicidio revolucionario”, ante el que se plantea escasa oposición, apenas un par de madres alegaron a favor de la supervivencia de sus hijos menores. Así pues, primero murieron los niños, aproximadamente 200, y sus padres, con esa perversa imagen grabada en sus mentes, tomaron sedientos la ponzoñosa poción, un zumo con sabor a uva, FlavorAid, mezclado con poderosas dosis de cianuro.
De tal masacre, apenas sobrevivieron 80 miembros de la secta, y entre los que consiguieron seguir contándolo, se hallaba Jim Jones Jr. un chico de color adoptado por el líder tenebroso, con una pasión por el basket.
Y ese amor fue el que salvó su vida y la de sus compañeros de equipo, que al momento de los hechos se hallaban a 150 millas, en Georgetown, jugando un encuentro amistoso ante la selección nacional de Guyana.
El basket fue uno de los pocos vehículos de evasión que Jim Jones Sr. admitió en el reclusivo mundo del Templo del Pueblo, un signo de normalidad, una diminuta fisura en esa bóveda de fanatismo que había construido durante tantos años.
El Reverendo aceptó que varios jóvenes, entre ellos Jim Jr. construyeran una precaria cancha en los alrededores de la comuna y vio con buenos ojos, como una medida integradora, que aceptaran disputar partidos con el combinado local.
El primero se saldó con una paliza de más de 30 puntos, el segundo, también ganado por los locales de forma más ajustada, quiso la Providencia que se jugara el mismo día que la masacre tuvo lugar.
Antes y después del partido, Jim Jones Jr. recibió una llamada de su padre, reclamando su inmediata vuelta a Jonestown, pero el amor por la canasta pudo más que la obediencia debida.
Tras la matanza, los jugadores fueron objeto de exhaustivos interrogatorios, a la busca de presuntas implicaciones en los tiroteos. Jim Jones Jr vivió años de desesperanza tras el cruento episodio, en el que perdió la vida su propia esposa y el hijo que esperaban.
La supervivencia era un castigo, no solo había perdido a su familia, sino que su nombre le perseguía allá donde fuera. Alcohol y relaciones esporádicas fueron sus únicos amigos en ese amargo tránsito por la senda del desconsuelo.
Su sinceridad recibió como respuesta ingentes dosis del veneno del rencor humano, acaso el más poderoso y letal, y no había rincón en este mundo donde vivir en paz, aunque fuera en la clandestinidad. Los fantasmas del pasado nunca faltaban a la cita con su conciencia, allá donde quisiera esconderse.
Y fue nuevamente el basket, aquello que le había obligado a morir viviendo, el que le dio una segunda oportunidad. Jim encauzó su vida, y formó familia con Erin, la mujer que supo conciliar el pasado del hombre de quien se había enamorado con el avistamiento de un futuro de sostenible convivencia.
Del matrimonio de Jim y Erin nacieron 3 hijos, uno de esos hijos es Rob Jones, el primogénito, un purasangre de 1, 96 y 105 kilos.
Desde pequeño, como mostrara interés por jugar a basket, Jim se encargó personalmente de preparar a su hijo, un atleta natural que destacó en la High School de Archbishop Riordan, tanto en basket como en football, donde los powerhouses del Oeste, USC, Arizona y Oregón, así como la mismísima Notre Dame, no dudaron en ofrecerle becas.
Rob con sus medidas, agilidad y fortaleza, era el prototipo perfecto de tight end, una posición clave en el football moderno, como arma adicional en el passing game, más allá de sus tradicionales obligaciones de bloqueo como oficioso sexto hombre de la línea ofensiva, una posición en la que ya hay antecedentes de ex jugadores de basket colegial que son primeras figuras de la NFL, como Tony González o Antonio Gates.
Sin embargo, renunció a un futuro de gloria deportiva y contratos millonarios por su pasión por el deporte al que seguramente le debe la vida.
Considerado por los servicios de reclutaje como el cuarto mejor power forward del Oeste, algo estimable pero que no le garantiza nada, acabó fichando por los Toreros de San Diego, donde ya en su año freshman se ha hecho con la titularidad y ha acreditado maneras de estrella .
De hecho, a inicios de febrero, ha sido nominado jugador de la semana en la WAC, Western Athletic Conference, siendo clave en las victorias ante Loyola Marimount (27 puntos y 13 rebotes) y Pepperdine (16 y 7).
Su entrenador ya lo considera el líder del equipo, Sports Illustrated le ha dedicado un reportaje, y tiene todas las ganas de comerse el mundo, pero su escasa altura se plantea como obstáculo imposible de franquear en el paso a los pros, a menos que te llames Charles Barkley, Adrian Dantley o Mark Aguirre y estemos en la época clásica.
Sea como fuere, lo único cierto para Rob Jones es que al basket le  debe su vida, y a fé que al basket la está consagrando.
REMEMBER

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